Un evento importante en la vida de todo estudiante definitivamente es el graduarse. Independientemente de que haya celebración o no, es un acontecimiento que marca un inicio y un fin: un fin como estudiante que practica y aprende, y el inicio en la vida laboral y profesional.

A simple vista todo parece que va bien, sin embargo, no siempre se vive con la mayor de las alegrías.

En la clínica se escuchan a jóvenes llenos de dudas y miedos por lo que viene. Cuestionamientos que tienen que ver con la sensación de saber o ser lo suficiente para un empleo, o incluso para sus familias. La inserción en el mundo laboral provee de variables que antes no había: no es lo mismo equivocarte en tus prácticas que en un empleo, el recibir una remuneración económica, entrar en la competencia laboral, qué hacer en una entrevista de trabajo, elegir la mejor opción para trabajar (¿cómo se decide eso?), el apoyar o no en el hogar, el desempleo, qué hacer ahora con mi tiempo, etc.

Esta inserción hace un corte en la vida del sujeto que egresa. Le permite entrar en una serie de vivencias que marcan una posibilidad de crecimiento, eso si el miedo no lo paraliza. Todo cambio tiene un costo y una ganancia. El ser estudiante tiene sus cobijos institucionales necesarios para aprender, pero limita el madurar con un propio paso; el ser egresado expone y confronta, pero permite descubrir lo genuino de lo que uno decide como su vocación… en el mejor de los casos.

Toda separación es un pasaje, unos más sencillos que otros, pero permite crecer a pesar de lo que se pierde, confrontarse con el entorno.

 

Valeria Solorio

lic_valeria@psipre.com

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Valeria Solorio
Psicoterapeuta y Directora de Descúbrete MTY