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Transcurría la tarde del 2 de febrero de 1933 en la localidad de Le Mans, capital del departamento de Sarthe, al noroeste de Francia. El prestigiado abogado René Lancelin, residente de la ciudad, tenía planeado cenar en casa de su amigo el señor Chambon, reunión a la que también estaban invitadas su esposa e hija. Ellas habían salido de compras y acordaron reunirse con el padre a las 18:30 para llegar juntos a la cita.Como no se presentaron a la hora pactada, el señor Lancelin les telefoneó, pero nadie tomó la llamada. Preocupado, se dirigió a su domicilio en la calle Bruyére 6. Tocó la campana y nadie salió a abrirle. Intentó abrir con sus llaves, pero la puerta estaba cerrada por dentro. Pensó que tal vez las dos empleadas domésticas, Christine y Léa Papin, no habían alcanzado a escucharlo.Anocheció y, cada vez más preocupado, el señor Lancelin acudió a la policía. Un grupo de agentes lo acompañó de nuevo a la casa y uno de ellos se introdujo a través de la propiedad contigua. En el interior del domicilio todas las luces estaban apagadas, excepto una vela que ardía en las habitaciones de servicio. Cuando el policía iluminó el interior, descubrió una escena que habría de horrorizar a varias generaciones posteriores.Madre e hija habían sido asesinadas a cuchilladas, tenían profundas heridas y golpes por todo el cuerpo, les habían sacado los ojos y sus rostros se hallaban por completo desfigurados. La sangre había salpicado a una altura de dos metros. La primera impresión de la policía fue que un desequilibrado se había introducido en el domicilio, y los agentes acudieron a la habitación de las sirvientas para comprobar que no estuvieran lesionadas.EL RELATO DE LAS EMPLEADAS: la puerta del cuarto estaba cerrada y fue necesario el impulso de varios policías para forzarla. Cuando entraron, las dos sirvientas estaban acostadas juntas en la cama, estrechamente abrazadas. Al ver entrar a los agentes, se incorporaron y de inmediato reconocieron haber asesinado a la señora y a la señorita Lancelin. Aquel día, al ver que ambas salían de compras, Léa y Christine Papin supusieron que estarían fuera toda la tarde y se dedicaron a realizar el trabajo del hogar, un desperfecto de la plancha provocó un cortocircuito, la casa quedó a oscuras y las hermanas fueron a recostarse. En ese momento las Lancelin llegaron a casa para dejar los artículos que habían comprado. Christine le explicó a la señora el problema de la plancha y la patrona, enfurecida, se abalanzó contra ella con la intención de pegarle, como ya lo había hecho en otras ocasiones. “Entonces le salté encima y le arranqué los ojos”, relató Christine.Léa siguió su ejemplo y atacó a la otra mujer. Bajaron a la cocina por un martillo y un cuchillo y las hirieron con ellos. Prosigue el relato de Christine: “Cambiamos muchas veces de instrumento entre nosotras… las víctimas gritaron mucho, pero no recuerdo que hayan pronunciado alguna palabra en especial. Cuando ya estaban muertas, fui a cerrar con pasador la puerta cochera y la puerta del vestíbulo… entonces mi hermana y yo nos lavamos las manos en la cocina, porque las teníamos llenas de sangre. Subimos a nuestra habitación y nos acostamos en la misma cama”. Léa corroboró el relato pero, al poco tiempo, dejó de hablar. Las dos víctimas fueron sepultadas en presencia de decenas de personas, y las hermanas quedaron detenidas para su proceso judicial, que habría de efectuarse algunas semanas después del acontecimiento.DIFUSIÓN NACIONAL: La noticia del doble crimen rebasó el ámbito de la prensa local y pronto se difundió por toda Francia. Más allá de los relatos sensacionalistas con abundantes detalles y fotografías, los diarios parisinos dieron un enfoque distinto a los hechos. Consideraron que el crimen era resultado de la represión y los desequilibrios sociales: “la miseria, el aislamiento, el encierro continuo, la sumisión... produjeron esta doble monstruosidad “. Los grandes intelectuales de la época tomaron parte en el debate dominado por una pregunta central: ¿Cuál había sido el móvil de las hermanas Papin?Jamás pudo elucidarse con claridad. Los estudios psiquiátricos demostraron que las dos mujeres mantenían una extraña relación de interdependencia, con ciertos matices lésbicos. Por sus cambiantes declaraciones, nunca fue posible determinar cuál de las dos había tomado la iniciativa del crimen. El diagnóstico final fue el de un peculiar padecimiento conocido como folie a deux (locura de a dos), trastorno en el que la psicosis de una persona se transmite a otra muy apegada a ella.En septiembre del mismo año de los hechos el jurado determinó que Christine había sido la principal culpable y la condenó a muerte. La pena fue conmutada a trabajos forzados de por vida y murió tres años después, recluida en un hospital psiquiátrico. Léa pasó diez años en la cárcel y quedó libre el 2 de febrero de 1943. Fue a vivir a casa de su madre y trabajó de nuevo como empleada doméstica y costurera. De acuerdo con los recuerdos de Helena Paz, hija del escritor mexicano Octavio Paz, fue sirvienta de la familia durante su residencia en Francia. Murió en 2001 a consecuencia de un accidente doméstico.El crimen inspiró varias pinturas surrealistas, en las que se desarticulan los elementos del rostro emulando aquella escena brutal y sanguinaria. Fue retomado en la obra dramática Las criadas (1947) del francés Jean Genet y dio origen a las teorías del psicoanalista francés Jacques Lacan sobre el crimen paranoico. Muchas películas abordaron los hechos. Una de las más importantes es La ceremonia de Claude Chabrol (1996). Hasta la fecha Léa y Christine son objeto de estudio para los especialistas en salud mental. |