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A mediados de la década de 1960 la sociedad mexicana se conmocionó ante las revelaciones de la prensa sobre un caso que incluía corrupción de menores, redes de prostitución, secuestro y decenas de asesinatos. La madeja comenzó a deshacerse en enero de 1964, cuando la menor Catalina Ortega acudió a su madre para solicitar su auxilio pues había permanecido cautiva en una casa del rancho Loma de San Ángel, en San Francisco del Rincón, Guanajuato. Las hermanas Delfina, Eva y María de Jesús González Valenzuela, dedicadas a la trata de blancas, la habían privado de su libertad durante varios meses sin contar los maltratos recibidos. La madre de Catalina solicitó ayuda a las autoridades policiacas y, en un rápido operativo, los agentes uniformados y los miembros de la Policía Judicial se presentaron en el domicilio indicado por ellas. Allí descubrieron a 15 jóvenes y tres niños cautivos en pésimas condiciones de higiene; asustaos y con claras huellas de violencia física y psicológica. Según se indagó, llevaban varios días sin recibir alimento. Por los primeros interrogatorios se supo que las jóvenes eran obligadas a mantener relaciones sexuales con los clientes de un lucrativo negocio de prostitución. Pero lo más perturbador fue el hallazgo de varios restos humanos sepultados en terrenos de la misma propiedad. De acuerdo con las investigaciones posteriores, correspondían a varias prostitutas que habían trabajado al mando de las hermanas González Valenzuela y fueron asesinadas cuando dejaron de resultarles útiles. También estaban los restos de algunos niños, fetos y clientes del prostíbulo. LUCRATIVO NEGOCIO: Las publicaciones periódicas de la época, en especial de la revista 0 publicaron docenas de fotografías de los cuerpos exhumados y dieron un completo seguimiento a los hechos. Originarias del estado de Jalisco, Delfina, Eva, María de Jesús González Valenzuela habían comenzado su negocio en 1958 cuando abrieron dos prostíbulos, uno en León y otro en San Francisco del Rincón. El local de León pertenecía a un homosexual apodado el “el Poquianchis”, palabra con la que se conoció al establecimiento y, más adelante, a las González Valenzuela. Estas mujeres reclutaban al personal de sus antros en los estados cercaos. Cuando las jóvenes sospechaban que la promesa de un trabajo formal era sólo un engaño, los reclutadores de las Poquianchis las secuestraban. En otras ocasiones las “compraban” a sus padres o familiares. Una vez que se habían apoderado de ellas, las obligaban a prestar servicios sexuales a los numerosos clientes del burdel los grandes cómplices de las Poquianchis. Cuando no las obedecían, las tundían a palos, las mantenían encerradas por largas temporadas y, si quedaban embarazadas, las obligaban a abortar o mataban a sus hijos recién nacidos. Teniendo en cuenta que bajo semejantes condiciones la “vida útil” de estas jóvenes era muy reducida, una vez que caían del favor de la clientela, las confinaban en el alejado rancho de loma San Ángel, donde las mantenían sin agua ni comida hasta que terminaban por morir. Se supo también que varios de los ricos visitantes del negocio murieron por instrucciones de las hermanas con la sola finalidad de quitarles la cartera. De acuerdo con los primeros datos obtenidos en la época, las temibles Poquianchis habían secuestrado a cien personas de las cuales 30 habían muerto asesinadas. La verdad de los hechos se supo décadas después. En 2002, por ejemplo, durante las excavaciones para la construcción de un fraccionamiento en Purísima de Bustos, Guanajuato, se halló otro cementerio clandestino de las hermanas con, por lo menos, otros veinte cuerpos. De esta forma, el número de sus víctimas aumentó a casi cien. EL DESTINO DE LAS TRES LENONAS: Las hermanas fueron detenidas por las autoridades y juzgadas por su larga cadena de crímenes. Los periódicos no escatimaron adjetivos: “la más negra historia del bajo mundo”, “sádicos asesinatos”, “crueles torturadoras”, “bestiales crímenes”, “eran infernales”… entre otros que figuraron en los encabezados. La revista Alarma! Siguió paso a paso el proceso judicial y consiguió una entrevista exclusiva con ellas, publicada en una edición que llegó a vender dos millones de ejemplares en una sola semana. La información reveló la extensa red de complicidades tejida por las hermanas con personajes ricos de la región, la policía, las autoridades municipales y hasta miembros del ejército que toleraban sus delitos a cambio de sobornos y servicios sexuales gratuitos. Funcionaban como genuinas empresarias con la consiguiente derrama económica en sus centros de operación y el dinero suficiente para evadir la justicia. Condenadas a 40 años de prisión en celdas sucias y miserables, las hermanas murieron en la cárcel, una de ellas privada de razón y temerosa de que las otras internas la lincharan. Las mujeres inspiraron al menos un gran libro, Las muertas, de Jorge Ibargüengoitia (1977), y una notable película, Las Poquianchis (1976), de Felipe Calzas. Hoy día los lugares donde cometieron sus delitos están semiabandonados. Una inquilina irregular de esas propiedades asegura que, por las noches, penan por allí los fantasmas de las jóvenes que padecieron entre sus paredes. |